Yo no soy un poeta,
fui bautizado poeto
por la más irreverente de las poetas,
no poetizas.
Pero no de esas irreverencias
posadas, hediondas a falsedad,
a máscaras y frases cliché
Ni de odios baratos
o existencialismos pencas.
No.
Ella me bautizó así
de manera irreverente
y con una sonrisa ruidosa
asedió mi seño fruncido
con proyectiles de sencillez
y sinceridad
como imparables llamaradas.
Y el castillo se cayó a pedazos
Y las piedras milenarias rieron al caer
de lo imbéciles que se ven los hombres
adornados con su infinidad de máscaras
y sus caras de moais.
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