domingo, 28 de abril de 2013
Un adiós cada vez.
En ese momento él se detuvo, en la orilla del puente y fijó su mirada profunda en las nocturnas aguas del Mapocho. En silencio recapitulaba su vida. En sus manos la mecha ardía, dejándole cada vez menos tiempo para su introspección, la cual ya no tenía objeto. Con el fuego cada vez más próximo a ese punto donde no hay retorno, donde lo que tenía que ser ya fue, sus ojos miraban en avanzar de la llama sin remordimiento. Cada vez más cerca. El final era inminente e inevitable. Entonces él suspiró, apagó su cigarrillo y siguió caminando bajo la tenue luz de la noche.
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