Nunca está de más, en la ajetreada capital de la opulencia y de muertos vivientes, compartir un momento con uno mismo. Ver el humo volverse estrellas y los pensamientos tinta.
Nunca está de más, en la inmunda ciudad del plástico, invitarse un trago a uno mismo, con sonidos absurdos, y sensaciones extintas.
Nunca está de más no pensar en nada.
Nunca está de más ser nada.
Nunca nada está de más.
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