La casa de mi abuela esta vacía,
vacía de esos ojos silenciosos
que por casi un siglo la recorrieron.
Las murallas y los cuadros están intactos
en especial el de Victor Jara sonriente,
a pesar de que cambiaron los sillones viejos,
las sillas de la mesa siguen siendo las mismas.
Esas sillas que no alcanzaban
para el acto sagrado de tomar un tecito,
con un poco de pan y lo que hubiera para echarle.
La casa de mi abuela está vacía
de las conversaciones que nunca tuvimos,
de ese libro de historias que nunca me compartió
en palabras,
que se intuye con solo mirarla.
La casa de mi abuela no está vacía,
vacío quedé yo con su partida,
quedé vacío de ancestros en la tierra.
Me dicen que no se fue, que siempre estará
y lo tengo claro,
pero en la noche helada
hay segundo que no dejan de lloriquear
por un abrazo al Rodrigo pequeño,
que lloraba cuando la madre iba al trabajo
y el único consuelo era un paquetito de cereales,
cereales sin sabor, cereales de ojos húmedos.
Yo se que ahí está,
con los dulcecitos y juguetes que me regalaba para mi cumpleaños,
aunque nunca los usara, porque había crecido
más rápido en mis ojos que en los suyos.
Crecí rápido y crecí mal,
me faltaron abrazos y conversaciones,
me faltó tiempo, como buen mal agradecido.
Te extraño abuelita.
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