Debo confesar que siempre he envidiado a aquellos que pueden retratar lo que sienten mediante el dibujo, porque aquellos son más libres que ninguno al expresarse. La tinta habla por si misma, no hay idiomas ni barreras, solo el trazo y el color.
Los envidio porque mientras yo me desvivo en las palabras, en sus bellos significados, ellos prescinden totalmente de ellas. Al vivir entre letras uno se acostumbra al significado acordado de un término, entonces al mirar un dibujo, ya sea un obra sublime o de un compañero que dibuja en sus ratos libres, es posible caer en la duda si realmente se entendió lo que se ve.
Por eso los envidio y los odio.
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